Blas de Lezo (II). La Guerra de Sucesión. (1702 – 1715). Segunda Parte.

        

Dejamos a Blas de Lezo apenas un adolescente, habiendo perdido una pierna frente a las costas de Marbella y Vélez–Málaga y habiendo recibido un ascenso a oficial con apenas diecisiete años. Gracias a la carta que había escrito el Conde de Tolouse y debido a su mutilación incluso había recibido la propuesta de obtener un destino en la Corte de Luis XIV, pero se negó en redondo pues parecía tener claro desde muy joven que su lugar era el mar. Es, en realidad, muy frecuente que los marinos tengan una relación de amor–odio con la mar, puesto que lo mismo reniegan de él cuando desembarcan que suspiran por volver a embarcar a las pocas semanas de estar en tierra. Así era común encontrar marineros rasos que lucían tatuajes con diversos destinos en los que se habían enrolado voluntarios después de un primer ingreso por la fuerza.

Una vez recuperado de sus heridas, su siguiente destino será socorrer la ciudad de Peñíscola, población leal a Felipe V, situada en el corazón del Reino de Valencia que, por lo general, le era más bien contraria.

Este destino hace quebrar la tradicional división cartesiana que persiste en nuestros días donde se dispone que todo el antiguo reino de Aragón sería leal a los Austrias mientras que Castilla (que había sido cosida a impuestos por los Austrias y que los despidió de la manera que lo hizo el duque de Abrantes) lo sería de Felipe V. Tales hechos no son tan categóricos como algunos pretenden hacer creer pues como se verá, habrá lealtades en ambos reinos a favor de ambos reyes por motivos de lo más variopintos. En el caso de Castilla, en su mayor parte, estaba harta de ser el bolsillo de las guerras absurdas en las que los Austrias habían metido a la corona lejos de sus verdaderos intereses. En el caso de las poblaciones del reino de Aragón, había un poco de todo. Como explicaba en el artículo dedicado al Palacio de los Marqueses de Ayerbe, la villa de Ayerbe fue leal a Felipe para obtener el beneficio del mercado mientras que las villas próximas lo fueron a los Austrias para que fueran ellos quienes tuvieran el beneficio. Al final, el tema del rey quedaba en un segundo plano y los que primaban eran otros intereses mucho más mundanos.

Después del socorro de Peñíscola, que no dejó acción alguna por parte de Lezo, éste se dirigiría hacia las costas de Génova para hostigar el comercio del ducado de Saboya, pues el duque se había declarado partidario del austríaco a pesar de ser el padre de María Luisa de Saboya, esposa de Felipe V y, por tanto, reina de España. En estas patrullas, Blas de Lezo se distinguiría en el incendio del navío inglés Resolution, de 60 cañones, lo que le valió el ascenso a alférez de navío. Con ese cargo, tras la captura de otros dos navíos, fue consignado como oficial de presa para llevarla a puerto, permitiéndose que ese puerto fuese su Pasajes natal. Así que sin haber cumplido todavía los 18, con una pata de madera, llegaría a su pueblo al mando de un navío británico de 60 cañones y otras presas obtenidas, por lo que sería recibido con todos los honores.

Ese mismo año, durante el mes de agosto, el archiduque Carlos había desembarcado en Barcelona para ponerse del lado de los que clamaban que él debía ser el rey de España, por lo que Felipe V se dispuso a tomar Barcelona por tierra montando una importante expedición terrestre al mando del mariscal de Tessé para rendir la ciudad condal. Así, en marzo del año 1706, el propio rey se presentó en el campamento de sus tropas en Caspe (actual provincia de Zaragoza) para plantarse el 3 de abril a las puertas de Barcelona. La rapidez con la que pudo desplazarse es una evidencia más de que Cataluña entera no estaba en su contra, sino que, como en todas partes, había de ambos bandos, por mucho que hoy quiera negarse.

Por mar, la flota había salido de Tolón para cooperar en el asedio desde el mar, pero una escuadra inglesa cerraba el puerto de Barcelona. Aun cuando la flota franco-española era superior, al almirante francés no le apetecía volverse a dar de zurriagazos con los británicos como había ocurrido en Vélez-Málaga –era consciente que pese a tener menos cañones los británicos los disparaban con más rapidez– por lo que se mantuvo a la expectativa sin enfrentarse con los británicos. Eso no quitaba que despachase algunos de sus barcos en operaciones para romper el bloqueo naval británico y avituallar de ese modo a los sitiadores, operaciones en las que intervino Blas de Lezo que quería aprovechar la oportunidad para distinguirse.

Hemos de recordar que estamos en una época en que el ascenso provenía de diversas fuentes, siendo la más importante la cuna. Contar con un padrino que se ocupase de los ascensos de manera conveniente era una manera muy útil de ascender. Pero Blas de Lezo provenía de una nobleza menor y, además, estaba en la flota del rey francés así que poco contaba por ahí pese a lo que explicamos del Conde de Toulouse. Existía otra manera, más complicada y algo menos fructífera, que era el mérito naval. Llevar a cabo una hazaña tan notoria que se promoviese el ascenso al rango superior.

 Lezo empezó a romper el bloqueo por aquí y por allá trayendo a los británicos por la senda de la amargura. Unas veces, provocaba a los ingleses para que salieran en su caza, desguarneciendo su posición, vacío que aprovechaban otros para aproximarse a tierra. Otras, emboscaba al enemigo para cañonearle a gusto con toda su flotilla. Pero al final, en una de esas acciones se encontró rodeado entre barcos enemigos a los que su pequeña flotilla no podía hacerle nada. O eso creían los ingleses.  Años más tarde, Napoleón acuñaría la expresión «imposible no es francés. Lezo ya se lo aplicaba entonces, aunque para él, imposible no era español, o vasco. Así que optó por la opción más arriesgada de todas: calentó balas para ponerlas al rojo en los hornos de las cocinas de los barcos, acción tan peligrosa para uno como para el enemigo y logró incendiar a uno de sus enemigos. El denso humo y la confusión le sirvieron para decir «Agur, señores, que les aproveche» y poner a salvo a todos los barcos que le habían sido encomendados.

A pesar de todo, el 7 de mayo de 1706, una inmensa flota británica apareció en el horizonte y la escuadra franco española tuvo que virar por redondo y desaparecer de allí rumbo a Tolón. Al mismo tiempo, las tropas de tierra de Tessé se replegaron hacia la frontera con Francia.

La obsesión por tomar Barcelona había hecho que la Península quedase muy desguarnecida por lo que, con un ataque rápido, Carlos entró en Madrid el 27 de junio de ese año. Pero Madrid no quería a Carlos III y empezó a hacerle a sus soldados la vida imposible. Cuenta el escritor e historiador Vicente Bacallar, Marqués de San Felipe, que las prostitutas de Madrid decidieron hacer la guerra al ejército que llamaban invasor a su manera. Se dedicaron a visitar los campamentos para extender enfermedades e infecciones hasta el punto que poco después había más de seis mil hospitalizados y muchos más fallecidos. El 30 de junio las tropas tomaban Zaragoza y el 15 de julio entró en la ciudad el proclamado rey.

Desde Francia, Luis XIV vio que su nieto necesitaba una mano por lo que envió tropas a España que, con la ayuda de los naturales de las poblaciones por las que pasaban, hicieron que el 4 de octubre de 1706, Felipe V volviera a entrar en Madrid entre grandes muestras de júbilo.

Entretanto, un ascendido a teniente de navío Blas de Lezo había recibido el mando del fuerte de Santa Catalina de Tolón que fue atacado por una flota con bandera de Saboya y comandada por el príncipe Eugenio de Saboya. En el asedio, un disparo contra la fortificación hizo saltar una esquirla y perdió su ojo izquierdo lo que le llevó a ser tuerto y cojo con apenas dieciocho años.

Mientras Blas se recuperaba, en España, el rey Felipe comenzaba a ganar territorio. El 25 de abril de 1707, a las afueras de Almansa (en la actual provincia de Albacete, próxima a las fronteras con Murcia y Valencia) el duque de Berwick, al frente de 25.000 hombres derrotaba a un hugonote francés al servicio de Inglaterra, Henri de Massue, conde de Galway al frente de una tropa similar de hombres lo que suponía una victoria decisiva para Felipe que tenía abierta la puerta para la conquista de Valencia y Aragón.

Esta victoria convenció a Felipe que el trono ya era definitivamente suyo y empezó la reorganización de los Reinos Hispanos mediante los Decretos de Nueva Planta que suponían la unificación jurídica de toda la Península Ibérica. Es decir, la idea fascistoide de que las leyes que imperasen en Cádiz fuesen las mismas que en Castellón o en Jaca. Esta idea en España ya se había intentado antes sin demasiado éxito, cuando, en 1640, el Conde-Duque de Olivares había propuesto la Unión de Armas por la que todos los reinos contribuirían a los costes de Monarquía en dinero y hombres. Ello le supuso la disgregación de Portugal, el intento de hacerlo de Cataluña que sólo fue sometida tras una campaña muy dura y que, incluso en Andalucía, el duque de Medina Sidonia se rebelara contra el Rey. 

Los reinos de Aragón y de Valencia recibieron los decretos el 29 de junio de 1707 y supone la abolición de sus fueros y la equiparación absoluta con Castilla. El texto cita expresamente el derecho que asiste al rey a abolir todas las leyes de estos Reinos pues se habían rebelado contra su legítimo señor, añadiendo que podía hacer lo que le placiese pues, como conquistador, las leyes de la guerra de la época le daban derecho. Es decir, dejaba claro que la media la había tomado Felipe V “en caliente”.

En realidad, este derecho del conquistador no es nuevo, sino que lo encontramos por toda la Historia, aunque parece que a Felipe V se le ha considerado más cruel que a muchos otros que le antecedieron o le sucedieron en actuaciones similares. Pero es lo que tiene el vil uso partidista que se hace de la Historia en interés de la política durante nuestro tiempo. En la conquista musulmana de la Península entre el 711 y el 720, los musulmanes hicieron correr la voz que la ciudad que se rindiera sin oponer resistencia vería respetadas sus gentes y sus derechos y las que no, pues padecerían la máxima opresión. En la conquista de Madina Mayurqa (Palma de Mallorca), el 31 de diciembre de 1229, Jaime I el Conquistador (que tiene plazas, colegios, paradas de metro y estatuas por doquier y nadie ha catalogado como criminal de guerra, ni genocida ni nada que se le parezca) permitió a sus tropas saquear e incendiar la ciudad durante días, pasándose a cuchillo (con las mujeres de la ciudad las tropas realizaron otras tropelías previas) a la mayoría de sus 35.000 habitantes. La ciudad no se había rendido y, por tanto, ello correspondía por derecho.

Un siglo más tarde de los hechos que ahora narramos, el 6 de abril de 1812, el conde de Wellington tomaba Badajoz a la fuerza tras numerosos días de durísimo asedio –la toma de Badajoz se considera el sitio más sangriento de las guerras Napoleónicas–, y concedía a sus tropas 72 horas de libertad en la ciudad en la que no imperaba ninguna norma. Los soldados casacas rojas británicos violaron y saquearon libremente sin que nadie haya condenado a Wellington por permitirlo.

Se trató, en definitiva, de imponer a capón el sistema francés de gobierno en el que todo convergía hacia la capital, el gobierno y el rey.

Repuesto de su segunda herida, Blas sería destinado después al puerto de Rochefort ascendiendo a teniente de Vagel de Guardacostas en 1707 y a capitán de fragata en 1710.

Mientras tanto, la guerra fuera de la península no pintaba tan bien para Felipe, puesto que los franceses sufrirán derrotas importantes en Nápoles (perdiendo el reino) y en Lille. Poco después, los franceses deberán abandonar el Milanesado, la toma de la Provenza por el duque de Saboya y el reconocimiento del Papa Clemente IX a Carlos de Austria como Carlos III de España. En esa época los Papas intervenían activamente en la política, intentando decantar la opinión en favor de quienes más oro enviaran a Roma, por supuesto, algo que, en menor medida, sigue haciendo hoy día, si bien, como sabemos los españoles con las declaraciones de la Conferencia Episcopal.

Esta situación colocaba a Luis XIV en una posición complicada no viendo más salida que iniciar unas negociaciones de paz que incluían la oferta de Felipe de renunciar a sus derechos al trono de España pasando a ocupar el trono de Nápoles y Sicilia.

El 3 de junio de 1709, Luis XIV, el rey sol, llamaba a sus ejércitos a Francia dejando apenas unos batallones con instrucciones de que sólo realizasen acciones defensivas y retirando de Madrid al embajador de Francia que era, a la sazón, consejero de Felipe, lo que hacía que abuelo y nieto rompiesen los lazos que los podrían haber unido.

Cuando Felipe V se dio cuenta de las intenciones del abuelo de privarle del trono español escribió una carta a Luis XIV que decía:

Dios ha colocado esta corona sobre mi cabeza. Yo voy a mantenerla mientras tenga una gota de sangre en mis venas. Yo se lo debo a mi conciencia, a mi honor y al amor que recibo de mis súbditos. Nunca dejaré España mientras tenga vida, prefiero morir luchando por cada palmo de tierra, al mando de mis tropas.

Pero lo peor estaba por llegar. El invierno de 1708 a 1709 fue muy duro y muy seco en el sur, donde los andaluces se vieron en una situación tan penosa que debían alimentarse de raíces. Mientras tanto en Asturias o Galicia llovía de lo lindo por lo que las cosechas se arruinaron ahogadas. El país sufría y parecía que España iba a ser un fruto que caería por su propio peso.

Llegó así 1710 que empezó con las derrotas borbónicas (ya sin apoyo francés) en Zaragoza y en Almenara (actual provincia de Castellón). Se perdía todo lo ganado y, por segunda vez, las tropas austríacas tomaron Madrid. El recibimiento fue aun más gélido que el anterior mientras que las tropas de Carlos III perdieran la disciplina y se sobrepasaran con los civiles. Eso provocó que Carlos III sólo estuviera unos pocos días en la capital.  Aun así, la corona se aguantaba en la cabeza de Felipe V de puro milagro, pero ocurrieron varias cosas que hicieron que se quedase dónde estaba.

Por un lado, el Emperador de Austria fallecía por lo que Carlos era llamado a ser el nuevo emperador. Así que ahora era él y no Luis el que podría pasar, como había ocurrido con su antecesor Carlos I de España y V de Alemania, que España quedaría dentro del Imperio. Eso a los británicos y al resto de los aliados ya no les parecía nada bien pues todo había empezado para evitar que se unieran dos imperios como el francés y el español, pero tampoco les parecía bien que se uniesen los imperios austríaco y español. Ninguno de los aliados quería un imperio que pudiese dominar Europa y, con ello, los mares y los ingleses y los holandeses menos que nadie. Así que Austria empezó a perder apoyos.

Y mientras eso sucedía, Felipe V empezó a recibir apoyos de los renos castellanos que comportarían las victorias de Brihuega el 9 de diciembre de 1710 y Villaviciosa de Tajuña (ambas en la actual provincia de Guadalajara) que supondrían el fin de las aspiraciones del archiduque Carlos de ser reconocido como rey de España. A partir de ese momento, las tropas imperiales no harán otra cosa que retroceder.

Mientras tanto, Blas de Lezo seguía como capitán de fragata en Rochefort donde la leyenda cuenta que participó en misiones de patrulla que le llevaron a apresar once presas enemigas, entre la que destaca el apresamiento del navío inglés Stanhope. No se conoce la certeza de estos hechos, pero sí encontramos en el Museo Naval de Madrid varios cuadros al respecto como el de Ángel Cortellini:


                                                             Combate de una fragata española contra el navío inglés Stanhope, 1710

En 1712 la Armada Española se independizó de la francesa, con lo que el oficial Blas de Lezo y Olavarrieta finalizó su carrera como marino al servicio de Luis XIV pasando a depender directamente de Su Católica Majestad Felipe V, rey de España.

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