LA DONCELLA DE ORLEANS (I parte)

 

La doncella de Orleans (I).

Juana de Arco es un personaje histórico que siempre ha llamado mi atención, especialmente por todo cuanto hay de inexplicable, de leyenda y de mito, en su biografía.  Hace varios años estuve en París, antes del desastroso incendio de Notre Damme, y no pude pasar por delante sin fotografiar su estatua y su tumba (eso dicen) en la catedral y dedicarle, a mi manera, una reverencia a lo que fue y significó.

A la verdadera dimensión histórica que fue el personaje de Juana de Arco.

Si alguien ha visto la película que, en 1999, hizo Luc Besson con Milla Jovovich, como Juana de Arco y John Malkovich, como Carlos VII de Francia, ya conoce una bueba parte de la historia. Pero, a mi modo de ver, en la película no se hace justicia con la verdadera grandeza del personaje, si es que tal cosa es posible hacerlo en dos horas de metraje.

Por lo demás, sin ser yo un entendido en cine, es una película que en lo general me gustó. Es cine, que no un documental histórico y por eso se permite muchas licencias, pero, con todo se trata de una buena aproximación (hollywoodiana, por supuesto) que, pese a todo, creo que habría sido mucho mejor si hubiese sido algo más fiel a la historia.

La historia de Francia, como la del mundo entero, está llena de personajes que combinan historia y leyenda y de los que sabemos una parte y ha llegado hasta nuestros días la leyenda de la otra: Carlos Martel, que detuvo el avance de la invasión árabe en Poitiers después de que estos pasaran por España como cuchillo ardiendo en mantequilla,  Rolando y Durandal (su espada irrompible), el Priorato de Sión (cuya importancia se ha reavivado con el best-seller de Dan Brown, El Código Da Vinci), llegando hasta los templarios y sus nueve años en el templo de Salomón. Con todo, para mí, la leyenda de Juana está por encima de todos ellos. Quizá porque, en mi fuero interno, siga sin comprender cómo logró pasar a la historia y cómo toda su historia pudo ser verdad.
Antes de hablar del personaje, creo que es importante conocer un poco el escenario en el que la doncella de Orleans, la dama de La Lorena, se hizo grande; pues la situación política del momento que le tocó vivir tuvo mucho que ver en el devenir de su historia y de su leyenda.

Juana cobra fama en el primer tercio del siglo XV, un momento en el que Francia se halla sumida de pleno en la Guerra de los Cien Años (1337-1453) que para quien sepa restar verá que duró más de cien y quen la estudie verá que Guerra fue algo más de un tercio de esos Cien años. 
Se trata de una guerra en la que, en ese momento, participarán tres actores principales pugnando por el territorio francés: el Ducado de Borgoña, Inglaterra (estos dos primeros son, a su modo, aliados) y Francia. Pero vamos poco a poco que me adelanto.

En aquella época, tras el devenir del Imperio Angevino en que los franceses se hicieron con la corona de Inglaterra, sólo la Guyena (los territorios costeros entre Bayona y La Gironda) quedaban bajo dominio inglés y los ingleses (cómo no) estaban ávidos de nuevos territorios, dispuestos a movilizar sus tropas para conquistar casa ajena. Y cómo ya tenían una orilla al otro lado del canal, pues era cuestión de mover tropas hasta esa cabeza de playa y seguir avanzando tierra adentro.

Estas historias casi siempre comienzan igual: el introito es la muerte del rey de Francia sin descendencia. Y un rey sin descendencia es una corona sin cabeza. Y una corona es oro, poder, control… un plato demasiado tentador como para dejarlo pasar. Y todos tiran de árbol genealógico a ver que encuentra que ya entonces, como ahora, las casas reales estaban todas más o menos emparentadas de una u otra manera.

Los ingleses dispuestos a aprovechar la coyuntura para arrimar la ascua a su sardina (lo estuvieron y lo estarán siempre, en eso no tienen rival) deciden meter baza en el tema francés no aceptando la sucesión de Carlos IV por vía masculina, en su sobrino Felipe VI de Valois. Ellos defienden la descendencia que es más directa y, por tanto, más legítima la sucesión por vía femenina de su rey Eduardo III Plantagenet, hijo de Isabel de Francia, hermana de los tres reyes anteriores de Francia: Luis X, Felipe V y Carlos IV. Si bien por la por la fragilitas sexus, las mujeres no podían heredar el trono de Francia, sí que podían transmitir estos derechos sucesorios a sus hijos varones. Y así se monta el enredo con Felipe VI y Eduardo III diciendo que la corona francesa era suya y el otro era un usurpador.

Por eso, el 1 de enero de 1337, Eduardo III declaró la guerra a los franceses reclamando para sí la corona de Francia, aunque donde verdaderamente tenía puestos sus ojos era en el condado de Flandes, entonces francés, pues lo consideraba un lugar necesario para el negocio de la lana inglesa. O sea, corona sí pero dinero y negocio, también. 

A priori esta declaración de guerra podía parecer casi suicida pues militarmente hablando Francia venía de ser el “ejército” más temido de Europa en todo el siglo precedente. Su poderosa caballería pesada había derrotado a todo cuando se le había puesto por delante, pero, también es cierto, esta caballería ya había mostrado sus primeras carencias años antes en la rebelión de Flandes cuando se habían llevado más de un disgusto. Un caballo y un soldado cargando más hierro que un tanque funcionan de maravilla en línea recta en una carga directa, pero como les hagan maniobrar, bueno ahí ya les pintan bastos. Por su lado, Inglaterra, teóricamente más débil porque, de entrada, tenía una población mucho menor lo que le impedía reclutar tantos soldados, pero, por contra, venía en pleno ascenso, viento en popa a toda vela, tras el eficiente reinado de Eduardo I, que llegaría a su culminación con el reinado de Eduardo III.

Así, la primera parte de la Guerra, desde 1337 hasta 1360 fue una concatenación de victorias aplastantes por parte de los ingleses, al mismo tiempo que se forjaba la leyenda del Príncipe Negro (hijo de Eduardo III) y los temidos arqueros largos ingleses, que fueron acabando, una y otra vez, con la leyenda de la caballería pesada francesa.


 La batalla según un manuscrito iluminado de las Crónicas de   Froissart (s. xv)

 

En 1360, la guerra sería llevada a la Península Ibérica pues britanos y franceses tomaron parte en la guerra entre Pedro I (la opción inglesa) contra su hermano, y posterior rey, Enrique II de Trastámara (la opción francesa) ya que ninguna de las dos naciones parecía respetar aquello de lo que no quieras para ti, no lo hagas tú en otro. Ambos querían tener un rey “amigo” en Castilla con el que contar para la guerra en Francia.

Una vez Enrique II es coronado monarca en Castilla, Carlos VI de Francia y Ricardo II de Inglaterra, el hijo del Príncipe Negro, se ven agotados en sus fuerzas y acuerdan una tregua que les beneficia a ambos y que se extenderá durante décadas. 

Ambos monarcas tenían problemas en sus tierras: en Inglaterra, Ricardo II será destronado y sustituido por Enrique IV, mientras que, en Francia, el monarca, Carlos VI, es un niño tutelado por sus tres tíos: los duques de Berry, Borgoña y Anjou. Carlos VI, mostraba síntomas evidentes de, según estudios médicos actuales, esquizofrenia o trastorno bipolar, (por ello sería llamado el Loco) y la regencia por el trono desembocó en una guerra entre los borgoñones, que creían que el gobierno debía pasar a Juan Sin Miedo, Duque de Borgoña, y tío de Carlos VI, mientras que los armañacs postulaban que la corona de Francia debía pasar al hijo de Carlos VI, el Delfín Carlos VII. Así que, mientras la corona inglesa estaba en manos de Enrique IV, la francesa estaba, provisionalmente, en manos de un niño con el país sumido en una guerra intestina. Y aquí aparece el tercer actor que nombrábamos antes, el Ducado de Borgoña.

En 1415, una vez los ingleses ya habían solucionado sus problemas internos y recuperado su economía, así que Enrique V de Lancaster en el trono, dijo que fin de la tregua y se dispuso a reanudar el banquete francés que habían dejado a medias sus predecesores, aprovechando aquello de pescar en río revuelto. Así, tras derrotar a los franceses en la Batalla de Azincourt, (1415) volviendo a humillar a la famosa carga de caballería pesada con sus arqueros largos, Inglaterra firmó una más que conveniente alianza con el ducado de Borgoña que le situaba en una posición inmejorable para coronar a Enrique VI como rey de Inglaterra y de Francia.

Así, en 1422, en Francia se coronan dos reyes: por un lado, Enrique VI, hijo de Enrique V de Inglaterra, como Enrique VI de Inglaterra y I de Francia, y por otro, en Berry, Carlos VII de Francia, monarca de derecho, aunque no de hecho ya que de Francia le queda bastante poco territorio.
Mientras esto ocurría, en 1412, en Domremy, una pequeña aldea cercana a la frontera con la actual Alemania, nacía Juana de Arco. Y aquí, empieza la historia que se convertirá en leyenda.

A los 13 años unas voces (las de Santa Catalina de Alejandría y de Santa Margarita de Antioquía, las santas más veneradas del momento) le habían hablado y, posteriormente, San Miguel (que era el patrón de Francia) se le había aparecido indicándole que debía encabezar el ejército francés para liberar Orleans, si bien, en ese momento, a Orleans le faltaban todavía 3 años para estar sitiada. Es decir, le había predicho el futuro.

Tras muchos intentos de llegar a la monarquía contactando con la nobleza de su zona, en 1429, con Orleans ya sitiada, Juana consiguió una escolta militar para llegar hasta Chinon, donde estaba escondido Carlos VII. Antes de alcanzar Chinon pasó por Orleans donde su fama ya le precedía y consiguió liberar la ciudad del asedio británico. Milagrosamente logró entrar en la ciudad sitiada con víveres y refuerzos sin que, al parecer, los ingleses hiciesen nada ni por detenerla ni por robarle los víveres que entraba a la ciudad. Y una vez dentro, lideró la derrota de los ingleses, si bien, en este punto, las fuentes no se ponen de acuerdo en cómo lo hizo: unos sostienen que ondeando el estandarte de Juana (blanco con la inscripción Jesús) a modo de talismán y así infundiendo moral en la tropa, y otros que demostrando unas dotes militares totalmente innatas (pues se dice que Juana era analfabeta y ninguna mujer de la época estaba instruida en artes militares). Lo que sí hay constancia es que Juana advirtió a los ingleses antes de derrotaros que se rindieran o su capitán fallecería y esa misma noche el capitán, que la trató de “prostituta”, murió ahogado. Esta escena está perfectamente reflejada en la película.

Desde allí, tras aquella victoria, viajó a Chinon de incógnito, con una escolta mínima, atravesando el territorio enemigo sin ser capturada y sentando la historia de su segundo milagro. Vestida, como iba, de hombre con armadura, le ofrecieron que portase una espada para completar el disfraz a lo que ella se negó. rotundamente. Después se dirigió directamente a los frailes del monasterio Sainte Catherine de Fierbois para solicitarles la espada que había enterrada detrás del altar. Allí, para sorpresa de los presentes, aparecería una espada antigua que, supuestamente, había pertenecido a Carlos Martel. Parece ser que ni siquiera los frailes conocían de la existencia de esa espada.
Una vez en Chinon, se dieron otros dos milagros de la historia de Juana de Arco. El primero, (debo reconocer que me encanta esta escena de la película de Besson) fue el hecho de reconocer al monarca entre la gente allí congregada aun cuando se había disfrazado de siervo y ocultado entre los presentes y, el segundo cuando, en una conversación privada con Carlos VII, Juana le reveló datos que, según las crónicas, sólo eran conocidos por el monarca y por Dios. Esto convenció no sólo al monarca, sino incluso a la madre del Rey, Yolanda de Aragón.

Con Juana de su lado, o gracias a ella, las acciones francesas en la guerra de los Cien Años comenzaron a contarse por victorias: fueron conquistadas Troyes, Chalons, Patay y, finalmente, Reims en cuya catedral, el 17 de julio de 1429, y en presencia de Juana de Arco, fue coronado Carlos VII como rey de Francia. El ejército francés había recuperado la senda de la victoria gracias a una muchacha de 17 años que decía que cumplía una misión divina y que, por ello, se había ganado el fervor de las tropas y del pueblo. Esta, situación, obviamente no podía acabar bien.

Juana ya había cumplido con lo prometido, pero aun así decidió continuar al servicio de Carlos VII, lanzándose a tomar París en compañía del Rey. Se lanzó el ataque a la ciudad por Saint Honoré, el 8 de septiembre, un día festivo por ser la Víspera de la Natividad de la Virgen María y los armagnacs fueron rechazados y Juana recibió una grave herida en el muslo.

Tras la retirada de París, Carlos VII decidió que Juana ya había prestado sus servicios para conseguirle la corona, pero que el Rey era él y que le tocaba tomar la batuta. Así comenzó una política de pactos con el Ducado de Borgoña que prolongaban la paz hasta marzo de 1430. En ese momento, y sin permiso del rey, Juana se dirigió a Compiegne con un pequeño batallón donde en mayo de ese mismo año sería apresada por los borgoñones y, posteriormente, entregada por estos a los ingleses.

Hasta aquí la leyenda militar de Juana de Arco. Una niña de una aldea que consiguió encabezar el ejército francés en su peor momento y, por la razón que fuere, devolverle el orgullo y las ganas de victoria. Ella sola consiguió cambiar el curso de la Guerra de los Cien Años y entregar a Carlos VII un trono que sin su aparición hubiese sido, muy probablemente, más teórico que real.

 


 
Juana de Arco con armadura ante Orleans. Cuadro de Jules Eugene Lenepveu (1819-1898)

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