La doncella de Orleans (II)
Dejamos en el anterior capítulo del Blog, a Juana de Arco en la ciudad de Compiegne tras haber sido capturada por el ejército borgoñón que se la entregó a los ingleses como muestra de buena voluntad y de mantenimiento de la alianza mutua y en contra de los franceses.
Aquella niña, a la que siempre la
he imaginado mucho menos alta de lo que la muestran los cuadros, había puesto
ella sola (con ayuda divina) en jaque al ejército borgoñón y al
ejército inglés recuperando territorios y ciudades clave,
pero, por encima de todo ello, devolviendo al ejército francés la confianza en la victoria tras años de derrotas.
Pero, tampoco Juana en su bando era bien vista, obviamente, pues el rey Carlos VII
debía ver en aquella muchacha campesina un “rival”,
que había logrado hacer lo que debería haber hecho él. Así que, aunque
contase (si es que se lo creían) con Dios de su parte, los mortales no la
apreciaban demasiado.
Nada más saberse la noticia, el
arzobispo de Reims, una ciudad que contaba con importantes “simpatizantes”
de la causa borgoñona, anunció a los ciudadanos de la ciudad la captura de Pucelle calificándola de engreída,
orgullosa y que no había obrado siguiendo la palabra Divina sino sus deseos más
primitivos. Es decir, comenzaba a verse una tónica entre los hombres de
Iglesia: despojar a Juana del aura de divinidad que el vulgo y ella misma se
habían otorgado, porque iba a ser difícil para la Iglesia justificar y explicar
a sus feligreses que iban en contra de alguien que cumplía el designio de Dios.
Si en Francia la trataban así, los
ingleses tenían mucho más claro qué debían hacer. No podemos olvidar que su
intención era legitimar a Enrique VI como rey de Inglaterra y de Francia (que,
además, era hijo de una Valois) pero, en apenas un año, habían visto como buena
parte de sus posesiones y las de sus aliados borgoñones caían en manos de
Carlos VII. Así que para los ingleses era necesario eliminar la pátina de ser
una enviada de Dios con la que se había revestido Juana de Arco (por entonces
los britanos eran más o menos católicos) por lo que la cuestión religiosa
cobraba mayor importancia todavía. Si los doctores de la Iglesia presentaban a
Juana como una enviada del Maligno y no de Dios, todos sus actos quedarían
empañados incluyendo, o muy especialmente, la coronación del Delfín Carlos en
Reims. Juana era un medio para un fin: Carlos VII.
Como explican Georges y Andreé
Duby, en su obra Los procesos de Juana de
Arco:
«Para
legitimar al niño Enrique VI era necesario destruir desde sus cimientos,
espirituales, mágicos, la legitimidad de Carlos VII…convenía demostrar que Juana
era reacia a las conminaciones de la institución eclesiástica y que, por lo
tanto, era maléfica, que estaba inspirada no por Dios, sino por el diablo».
Por ello, fue llevada a Ruán donde el 3 de enero de 1431 comenzaría su proceso, siendo juzgada por la Iglesia acusada de haber vestido ropa de hombre, usado armas, haber cometido crímenes graves, haberse apropiado en falso de la palabra de Dios y cometido tropelías de toda índole contra los ingleses.
El
21 de febrero, tras todo el invierno de cautiverio y, seguramente, no en buenas
condiciones, Juana sería conducida (puedo imaginarla demacrada, famélica y dolorida, pues probablmente habría sido golpeada y violada) ante de 41 hombres: entre ellos el
obispo de Beaubais, el Inquisidor General (cuya institución había adquirido
buena práctica para llevar esta clase de “juicios” sumarios tras la condena
sumaria de los Albigenses (Cátaros) el siglo anterior) y demás cargos
eclesiásticos de zonas borgoñonas o británicas. Vista la composición del
Tribunal, no sé si Juana fue consciente de ello, la verdad, pero la justicia o la
clemencia eran palabras que se habían quedado fuera de aquella sala. Aquello
iba a ser un linchamiento en el que la verdad de los hechos era algo que importaba poco o
nada. Juana ya estaba condenada de antemano.
Y durante días se sucedió una pantomima de
interrogatorio hostil, acusador, taimado y, además, falso puesto que cuando la
respuesta de Juana no les convencía, volvían a preguntárselo o, peor aún,
anotaban lo que les venía en gana tergiversando sus palabras o directamente inventándoselas. Sorprende decirlo, pero aquellos 41 notables hombres de Iglesia tuvieron auténticos problemas para doblegar a una
niña en su estado pues Juana parecía estar convencida de todo cuanto decía y no estaba dispuesta a retractarse ni incurrió en contradicciones en su declaración. El
25 de mayo de 1431, en un estado físico lamentable, habiendo sido engañada para
que abjurase, vilipendiada y tratada con crueldad apareció la primera sentencia:
«Vistos
diligentemente todos los puntos y los artículos de tu proceso, tus confesiones,
respuestas y aserciones por ti hechas y dichas, y todo el proceso examinado y
deliberado por maestros y doctores de la facultad de Teología de París, por
varios prelados y doctores en derecho, tanto en derecho canónico como en
derecho civil, en esta villa de Ruán y por los cuales has sido caritativamente
amonestada y largamente esperada tu conversión. A pesar de estas moniciones y
reprimendas y tras tu abjuración has delinquido claramente de forma temeraria.
Por ello y para que hagas penitencia saludable, te hemos condenado y condenamos
con sentencia definitiva a cadena perpetua con pan de dolor y agua de tristeza,
para que una vez allí llores tus pecados y para que a partir de ahora no
cometas más. Sin embargo, conservas nuestra gracia y moderación, si así lo
mereciese» (Los procesos de Juana de
Arco, Georges y Andreé Duby)
El lunes siguiente, el 28 de mayo
encontraron a Juana nuevamente vestida con hábitos de hombre y, tras el
interrogatorio, Juana replicó que Dios, nuevamente a través de santa Catalina y
santa Margarita, le había reprobado que hubiese abjurado de él para salvar su
vida terrenal, poniendo con ello su vida eterna en juego, por lo que repitió,
de nuevo y con más fervor, que era Dios mismo quien la había enviado a liberar
Francia. Por eso, el 30 de mayo (día que hoy se celebra su Santo) se dictó una
nueva sentencia en la que se decía:
«…estimamos
que, con pleno pensamiento y con fe no fingida, te habías retirado de todos tus
errores a los que habías renunciado. Profesaste, juraste y prometiste
públicamente que nunca volverías a caer en tales errores ni en cualquier otra
herejía y que permanecerías en unión católica y en comunión con custra Iglesia
y con el Santo Padre…Sin embargo, volviste a caer, como el perro que acostumbra
a volver a su vómito, lo que exponemos con gran dolor. Por esta causa (…) te
declaramos hereje. Por esta sentencia (…) nos pronunciamos y afirmamos que como
miembro podrido, te hemos desechado y rechazado de la unidad de la Iglesia y te
enviamos a la justicia secular, a la que pedimos que te trate suave y
humanamente, ya sea para la perdición de la vida o de cualquier miembro» (Los procesos de Juana de Arco, Georges y
Andreé Duby)
Si la justicia católica había
guardado, en parte, las formas, la justicia civil no tuvo ningún pudor en
revelar quién le pagaba. El procurador de Ruán ordenó, sin juicio ni
interrogatorio alguno, que fuera llevada a la hoguera. Al oír la condena Juana
respondió con llantos y lamentos de tal índole, cuentan los presentes, que
provocó una profunda tristeza en todos los presentes, excepto, claro está, en
el Procurador de Ruán que mantuvo firme su decisión. Allí, el 30 de mayo de
1431, fue quemada viva Juana de Arco (“piadosamente
y con gran martirio”, dijo el Procurador en su sentencia después), por lo
que su muerte causó un clamor popular en Ruán contra los ingleses, que eran los
señores de la ciudad.
Después de esta pantomima de tres meses en las que los miembros de la Iglesia mostraban (otra vez más) ser unos meros servidores del poder y del dinero, Enrique VI comunicaba al mundo con todo lujo de detalles la ejecución de Juana de Arco, lo cual causaba un efecto contraproducente en todos los que recibieron la noticia: la historia causaba sorpresa y admiración puesto que Juana había muerto entre gran tormento manteniendo su palabra y su fidelidad al Rey Carlos VII.
Así que ante el cariz que tomaban los acontecimientos, el 7 de junio se publicaron unas teóricas confesiones realizadas por Juana en que revelaban que, al parecer, en sus últimos momentos y estando ya camino de la hoguera Juana se había mostrado en uno instante y ante unos desconocidos más lenguaraz que tras cuatro meses de tormento ante el Tribunal que la juzgó.
En estas declaraciones, personajes
notables de la ciudad juraban haber oído de Juana toda clase de historias:
desde que Carlos le había prometido una corona en Reims, a que ella creía que
era un ángel que debía coronar a Carlos, es decir, empezaron a trabajar intentando difundir bulos o fake news ante la falta de
éxito de todo lo actuado hasta entonces. Una campaña de desprestigio de Juana
de Arco a todos los niveles, no fuese que ahora que ya había muerto, le diese al personaje por convertirse en un mártir y a los
ingleses la jugada les saliese por la culata.
Desde luego, esta segunda parte de la vida y muerte de Juana viste al personaje con una pátina de leyenda ante lo ocurrido. Si los hechos de su vida: reconocer al rey entre el gentío, la espada de Martel, devolver la victoria al maltrecho ejército francés o la entrada en Orleans son sorprendentes e increíbles, los hechos de su juicio y posterior muerte lo son todavía más.
No podemos olvidar en ningún momento que estábamos
ante una aldeana que había jugado al juego de tronos y que, además, había
decantado la balanza a favor de uno de ellos, precisamente del que, hasta su surgimiento, tenía menos probabilidades de quedársela.


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