IGUALDAD LABORAL. 8 DE MARZO DE 2023.

 


Hace unos días me sugirieron que hiciera un artículo relativo a la igualdad de sexo, a las diferencias que existen y a qué medidas creo que habría que tomar para que esa brecha, el conocido “techo de cristal” que tienen las mujeres –que a veces más parece un techo de diamante–, se reduzca o desaparezca.

Desde mi particular punto de vista, con el derecho como profesión y la historia como vocación, resulta absolutamente admirable lo que las mujeres han hecho pese al lastre (entiéndase aquí la expresión) que les suponía ser mujer, y aterra pensar lo que no les hemos dejado de hacer. Dónde habríamos llegado si hubiéramos entendido que las mujeres y los hombres pueden ser igual de buenos y aptos (o de malos, o de ineptos, o de crueles, que de todo hay en ambos sexos) y que, para todo, especialmente para lo bueno, es mejor siempre sumar que restar.

A lo largo de mis dieciocho años de profesión como abogado, quince de ellos de ejercicio continuado y los tres últimos compaginándolo con mi nueva profesión en la administración pública, he visto en más ocasiones de las que me gustaría cómo las mujeres deben enfrentarse al mundo laboral. Y no por haber sido testigo continuado, ha dejado de sorprenderme y, en parte, de molestarme lo que he visto.

Para afrontar una entrevista de trabajo, todavía hoy, aquí, en la provincia de Barcelona, y no quiero imaginar qué ocurre en otros lugares del mundo, las mujeres no tienen suficiente con dar lo mejor de sí para ser consideradas como la mejor opción posible entre una suerte de candidatos. En la mayoría de casos, han de luchar todavía contra el curioso hándicap que supone el hecho de ser mujer: por su sexo ya no les van a permitir demostrar su valía en las mismas condiciones que harían con un hombre. El análisis será sesgado y tendencioso. Es decir, todavía en el siglo XXI, muchas mujeres deben tener la tentación de marcarse una Catalina Erauso y Pérez Galarraga (la Monja Alférez) o una Mary Read, ambas del s. XVII, y disfrazarse de hombre para ver si así les dejan demostrar su valía sin que su sexo sea un inconveniente.

En la mayor parte de los casos que, desde un lugar u otro he visto en mi vida, me ha sorprendido una constante que se repetía más de lo previsible: los “jefes retrógrados” no cumplían con el estereotipo que, al menos a mí, viene a la cabeza cuando te plantean que esto sucede. Hace años, antes de la perversión mental que me supone la experiencia vital como abogado en muchos temas, si me hubiesen preguntado cómo imaginaba esos jefes retrógrados, creo que hubiese respondido sin dudar cómo es tipo de persona discrimina laboralmente a una mujer: un hombre educado en el franquismo, de modo conservador, anticuado, incluso en las maneras, de al menos 55 o 60 años, sin hijas…, Me viene a la cabeza el ricachón del puro y la copa de coñac de los cómics de Ibáñez. Pero eso no ha sucedido en la mayoría de casos que he visto. El jefe era una persona joven –algunas veces eran mujeres las que discriminaban a otras mujeres– que cuestionaba, veladamente, por qué debe pagar lo mismo o dar la misma oportunidad a una mujer que a un hombre “si a la que te descuides y la hagas fija se va a quedar embarazada y entre bajas y maternidad te falta una media de un semestre al trabajo. Y luego el niño se pone malo y sale cagando leches a sonarle los mocos”. De hecho, según algunos estudios que son públicos en diferentes medios, existe un alto índice de mujeres que todavía hoy renuncian a llevar a cabo la experiencia de la maternidad en pro de sus carreras profesionales, en parte, por este pensamiento subyacente en la mentalidad general.  

Yo estudié en un colegio en el que se separaba por sexos. Un colegio para chicos y otro, justo al lado, para chicas. Entonces, desde mediados de los 80 hasta mediados de los 90, se justificaba con un “supuesto” estudio que avalaba la educación segregada puesto que los chicos aprenden diferente a las chicas (entonces ya no las llamaban “más tontas” como ocurría en la década anterior, pues eso ya era, incluso entonces, “políticamente incorrecto” y empezaba a estar mal visto) y era mejor que estudiar separados en pro de la más adecuada formación. Personalmente, creo que ese planteamiento de separar chicos y chicas parte de un error de base: no tanto por el hecho que pueda haber un estudio que avale o no esa política educativa (hay estudios para todos los gustos), sino porque no coincide con la realidad. El colegio es un lugar donde el alumno ha de prepararse y educarse para vivir en comunidad, en sociedad, y, por tanto, es necesario que viva la realidad de esa misma sociedad durante su formación: que se prepare para lo que vivirá cuando abandone el confortable mundo escolar. Y el mundo no separa por géneros, no hay trabajos (no debería de haberlos) de hombres y de mujeres, ciudades de hombres y de mujeres, por lo que es absurdo (cuando no idiota) que esa distinción se haga en el colegio. Igual que el alumno ha de prepararse para la frustración, para la competición que encontrará cada día en el mundo real, para que su jefe le ponga constantemente una nota y, en ciertas ocasiones, pueda ser suspendido debiendo levantarse después. Pero, dejemos eso que es otro tema y no quiero desviarme.

No voy a ser yo quien ahora empiece una disertación sobre las mujeres y sus aptitudes porque no creo que descubriese a nadie nada nuevo. Los que creen en la superioridad masculina no se van a dejar convencer por nada que yo diga, así que les ahorraré tiempo de lectura. Como todo el mundo, a lo largo de mi carrera he conocido profesionales de la abogacía de ambos sexos y he descubierto buenos y malos. He tenido (y tengo) compañeras de trabajo muy válidas en su profesión –algunas son, además, madres y compaginan lo uno y lo otro, con esfuerzo titánico, cada día–, abogadas a las que vale la pena observar con detenimiento para aprender. Y qué decir de mi propia madre que tuvo dos hijos y no por ello dejó de trabajar, una mujer que me enseñó a fuerza del ejemplo (mi madre es de las que cree que el movimiento se demuestra andando), entre muchas otras cosas, que no sólo las mujeres no son menos capaces que los hombres, sino que, para demostrarse y demostrar su valía al mundo, muchas veces se han superado a sí mismas convirtiéndose en mucho mejores de lo que podían ser. O mi mujer, otro ejemplo de ello, una mujer capaz de compaginar su profesión, su vida privada y a mí, y esto último, permítanme la nota de humor, debe ser lo más difícil de todo, sin duda.

            Pero, para nuestra desgracia –y por “nuestra” me refiero a la de los hombres como género, no como especie– esa mentalidad no parece que actualmente esté en franco retroceso o, mejor aún, en vías de extinción o ya extinta. Al revés. Continúa a diario con desigualdad en el salario, en las oportunidades laborales, acentuándose todavía más contra más categoría profesional hay… mientras tanto, el número de alumnas supera al de alumnos. Sigue viva y no parece que vaya a desaparecer. Y digo “desgracia” porque seguimos perdiendo oportunidades de conocer y aprender de mujeres inteligentes y capaces cuya oportunidad queda cercenada desde el momento del nacimiento. Nuestra sociedad necesita que todos sumemos y que no cercenemos a nadie antes de empezar a sumar por tonterías.

Y para combatirla, a mi juicio, hemos equivocado la senda. Creemos que hay que compensar la desigualdad de siglos en apenas unos años (o mesos) y en algunos casos se nos ha ido la mano. Me parece bien que se hayan implantado controles para evitar la discriminación, evitar que las mujeres cobren menos salario haciendo lo mismo por ese simple hecho. Que la Seguridad Social haga que la maternidad no suponga coste alguno para las empresas, que los hombres y las mujeres tengan la misma maternidad o paternidad para que no sea un elemento valorativo, o que contratar a mujeres (porque tienen un índice mayor de desempleo) de ciertas edades esté algo más bonificado puede ser medias útiles, desde luego. Pero las figuras como la discriminación positiva o la existencia de leyes que obliguen a ciertos porcentajes de mujeres en cierto número de cargos –que el hecho de ser mujer sea algo que sume, es decir, la inversión absoluta de la situación– no les hace, a mi humilde modo de ver, ningún bien. Más parece una medida tan machista como las anteriores, una suerte de acto paternalista por parte de los hombres para que ellas, el sexo débil, no “se sientan” tan inferiores, nos obligan a cederles el sitio.

El camino adecuado para la equiparación laboral y social, tal vez, sea el más largo, pero no por eso es malo ni inútil. En un mundo competitivo como el actual la mejor escuela para todos es poder competir en libertad. Quitemos las barreras, cierto, pero no seamos paternalistas. Ni lo quieren, ni lo necesitan. Que ser mujer u hombre no sume ni reste. Que lo que sume en el mundo laboral sea la formación, la experiencia, la destreza, la habilidad; en definitiva: la actitud y la aptitud ante la vida. Ese es, al menos como punto de partida, el camino adecuado. ¿Que por este camino todavía falta una década para que las mujeres puedan alcanzar los cargos de consejeras del IBEX? No pasa nada, no es necesario correr. Llevan siglos esperando. Ellas quieren poder competir con opciones de ganar sin ayudas ni trabas. Una vez eso sea posible no habrá mayor problema: no importará que la oportunidad les llegue pasado mañana.  

Comentarios

Entradas populares de este blog

Blas de Lezo (I). La Guerra de Sucesión. (1702 – 1715). Primera Parte.

La subrogación en la contratación pública de los entes locales

El palacio de los Marqueses de Ayerbe