La doncella de Orleans (III parte)

 

La doncella de Orleans (III)

La ejecución de Juana de Arco, como decíamos, servía a intereses meramente políticos pues los ingleses pretendían destronar a Carlos VII contaminando la religiosidad de su coronamiento sin que el monarca hiciese nada por evitar la ejecución de la doncella de Orleans a la que debía su trono. El rey era de talante envidioso y muy propenso a enemistarse con aquellos que podían hacerle sombra por lo que la ejecución de Juana, en su fuero interno, no le fue demasiado molesta en lo personal, pero en lo político suponía un problema que debía de afrontar.

Para ello, en 1435, firmó con los borgoñones el Tratado de Arrás con su primo el Duque Felipe III El Bueno, acuerdo por el que Carlos VII reconocía a Borgoña un estado casi independiente de Francia a cambio de su ayuda en la derrota de los ingleses. Con la firma ese tratado, Felipe dejaría de ser por derecho vasallo del rey de Francia. Ante semejante oferta los borgoñones cambiaron de bando a toda velocidad y pasaron a combatir a sus antiguos aliados. Al encontrarse sin sus aliados autóctonos, la situación se tornaba negra para los británicos que vieron como al año siguiente Carlos VII tomaba París para consolidar su poder en el norte de Francia. A continuación inició las campañas hacia el sur para retomar la Guyena británica, un territorio históricamente inglés y que les era arrebatado a los Plantagenet cayendo su capital, Burdeos, en 1453. De hecho es este año el que se fija como fecha final de la Guerra de los Cien Años aunque no hubo un tratado formal que pusiera paz a la contienda.

Así, en los veintidós años siguientes a la muerte de la doncella de Orleans, Francia había dado un vuelco a una situación que le era absolutamente desfavorable, habiendo recuperado para el rey Carlos VII buena parte de los territorios en manos de los ingleses y, de paso, expulsando a los ingleses de la Guyena. Sólo la ciudad de Calais quedaría en manos británicas hasta mediados del siglo XVI. Pero, al mismo tiempo que eliminaban a los ingleses de sus tierras, justo en el otro lado del país ha surgido un “problema nuevo”, un ducado que ya no es vasallo del rey francés y que constituirá un problema para el futuro que resolverá Luis XI obligando a Carlos I el Temerario, duque de Borgoña, a enfrentarse a los suizos en la Batalla de Nancy donde será aniquilado.

Curiosamente, el aniquilador del Ducado de Borgoña será el mismo que había sido protegido por él. Entre 1456 y 1461, el Delfín Luis se refugió en el Ducado de Borgoña tras haberse rebelado contra su padre por lo que las crónicas recogen que Carlos VII al conocerlo manifestó:

«Mi primo el de Borgoña no sabe lo que hace está alimentando al zorro que se comerá a sus gallinas».

De todas formas, Carlos VII no puede olvidar a Juana de Arco y que sobre su cabeza y la de su descendencia pesa el hecho que se declaró hereje a la persona que consiguió que fuese coronado en Reims. Sobre su corona pesa una acusación muy grave: la de aliado de un hereje, y eso no puede permitírselo o jamás consolidará su linaje en el trono de Francia. Esta situación sobrevuela constantemente su corona y Carlos hará lo necesario para solucinarlo.

El 13 de febrero de 1450, con la guerra de los Cien Años a punto de acabar, Carlos VII solicita al papado una revisión del juicio de Juana por lo que el 1 de junio de 1455, el Papa Calixto III inicia la investigación sobre el proceso de Juana.



Si decíamos que el anterior proceso era una pantomima para condenarla, éste no lo será menos. El Papado y la Iglesia, como entonces, se plegarán a los deseos del poder político del momento y comenzarán a trabajar para la nulificación del proceso siendo demandante el padre de Juana. 

Tras el proceso en el que se revisaron las pruebas y se citaron a los testigos comparecientes que seguían vivos, la sentencia reconoció que

«…puede concluirse que el proceso, tanto en su causa como en su forma, al igual que la sentencia contra la Doncella elegida, contiene una manifiesta injusticia;…teniendo sólo ha dios ante los ojos… hemos de decir, pronunciar, declarar y decretar que dichos procesos y sentencias, marcados por el dolo, la calumnia, la injusticia, las contradicciones, conteniendo manifiestos errores de hecho y derecho, con dicha abjuración, ejecuciones y lo consiguiente, han sido, serán y son nulos, inválidos, inútiles y vanos. (…), los anulamos y borramos vaciándolos de todas sus fuerzas; declaramos que la mencionada Juana, los demandantes y sus familiares no contrajeron ni se expusieron cuando sucedió todo lo ya sabido, a ninguna marca de infamia ni mácula; declaramos que debe ser, y lo es, liberada de culpa y disculpada y la disculpamos totalmente, tanto como sea necesario».

 

La sentencia exculpó a Juana y a su familia de lo que había sido acusada pero, sorprendentemente, o no tanto, no se pronunció sobre lo que “había sido”, es decir, no manifestaba que fuese una enviada de Dios, sino que las acusaciones de “cisma, idolatría e invocación de diablos” no eran ciertas, que Juana no era una hereje y una sirviente del Diablo que hubiese cooperado con el monarca. Con Carlos VII ya en el trono y Francia ya pacificada este tema ya no era importante para la corte de Francia. Además, tampoco a la Iglesia le convenía demasiado que la historia de Juana cobrase fuerza: significaría que el hombre puede interactuar directamente con Dios (como profesaban en esa época los Hermanos Mendicantes) sin la necesaria intermediación de la Iglesia entre el Padre y sus hijos.

Para el rey Enrique de Inglaterra, Juana había sido un peligro real. Un enemigo que desmoralizaba a sus tropas y que había justificado la elección divina de Carlos. En aquél juicio de 1431 era indispensable que Juana fuese declarada hereje. Y así sucedió. En 1456, con Carlos en el trono, era indispensable que fuese liberada de ese cargo pero no interesaba que fuese declarada poseída por Dios, (podría llegar a elevarse por encima del Rey) por lo que se conformaron con esa mera exculpación que convenía a la Monarquía y a la Iglesia. Sería interesante, por tanto, saber qué se expuso en 1920 cuando Juana de Arco fue canonizada por el Papa Benedicto XV para así descubrir la historia real, documentada, detrás del personaje.

 

De todas formas, para mi modesta opinión, Juana no deja de ser algo más que un personaje histórico o una leyenda. Ni entro ni salgo en su condición beatífica porque esa condición adquirió verdadera dimensión después de su muerte: la iglesia tardó casi 6 siglos en declararla santa.

Juana de Arco es mucho más que una historia increíble teñida de misticismo religioso y de leyenda: Tal como estaba la situación antes de su entrada en escena era mucho más probable que hubiese ganado la guerra Enrique V de Inglaterra que Carlos VII, sobre todo a partir del momento en que su tío decidió escindir Borgoña de Francia y, además, aliarse con los ingleses. Francia estaba rodeada de enemigos, había perdido bastiones importantes como París, Orleans o Reims y los ingleses con sus arcos largos no dejaban de contar las batallas por victorias desde hacía casi 75 años. Pero la aparición de aquella campesina cambió en apenas dos años el curso de la historia.

¿Qué le dijo Juana a Carlos VII para hacerle creer en ella y entregarle un ejército? ¿Cómo logró Juana salvar el sitio de Orleans? No hay respuestas fehacientes para estas incógnitas y las muchas más que se plantean pues la historia nos la transmiten los vencedores y, como hemos visto, Juana fue molesta incluso para sus aliados. Quizá, aunque parezca una teoría de la conspiración, haya respuestas a estas preguntas en la beatificación de 1920. Quizá no, y quede el personaje como una mezcla de historia y leyenda.

Pero algo sí tengo claro: Juana de Arco ocupa, por derecho propio, un lugar especial en la Historia Universal: logró algo que resulta impensable e increíble para la época y merece, desde luego, mi más sincero homenaje. Vive Jeanne d’Arc!



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